Solo cartas de amor

Sanagustín Comunicación, abril 2026

Solo cartas de amor, de Guadalupe Greses, cuando un buzón se convirtió en refugio emocional.

Un buzón real, en una pequeña calle de Santa Cruz de La Palma, solo acepta desde hace más de diez años un tipo de correspondencia muy concreta: cartas de amor. De esa historia tan improbable como profundamente humana nace Solo cartas de amor.

El origen del proyecto parece sacado de una novela, pero es absolutamente real. Ángel Greses, conocido como el Conde de Velhoco, cansado de facturas, multas y burocracia, escribió un día en su buzón una frase tan sencilla como subversiva: “Solo cartas de amor”. Lo que empezó como un gesto de protesta poética se transformó, sin que nadie lo previera, en un fenómeno emocional y literario que sigue vivo hoy.

Al principio, el cartero seguía cumpliendo con su rutina. Pero, de vez en cuando —muy de vez en cuando— aparecía entre los papeles una carta distinta. Anónima. Íntima. Escrita desde algún lugar profundo. Como una flor brotando en medio de un vertedero, tal y como describe el propio libro.

Poco a poco, comenzaron a llegar decenas de cartas. De vecinos de la isla, de visitantes, de personas de otros países que habían oído hablar del buzón. Cartas que hablaban de pasiones secretas, de amores perdidos, de deseos no confesados, de duelos, de agradecimientos. Personas que, sin conocer al destinatario, decidían confiarle lo más frágil de sí mismas a través de una ranura.

Un hombre, un mito, un padre

Solo cartas de amor es muchas cosas a la vez. Es la historia de un gesto poético convertido en lugar de peregrinación. Es el retrato de Ángel Greses, un hombre bohemio, excéntrico y profundamente libre, capaz de mirar el mundo con ojos mágicos y contagiar esa mirada a quienes se cruzaban en su camino. Pero es también, y sobre todo, un libro profundamente personal.

Guadalupe Greses, residente en València, e hija del Conde de Velhoco, escribe desde la memoria y desde el afecto. Tras la muerte de su padre, ella y su tía descubrieron una carpeta repleta de cartas que nadie sabía que existían. Decenas, cientos de palabras guardadas con cuidado, como si Ángel supiera que algún día habría que protegerlas.

El libro se convierte así en un homenaje múltiple: al hombre, al mito que permanece tras su muerte y al padre que fue. Un ejercicio narrativo delicado y honesto, donde la autora reconstruye la historia del buzón mientras reflexiona sobre la herencia emocional y simbólica que deja quien vive fiel a su imaginación.

Cartas que no dejan de llegar

Lejos de cerrarse con la muerte de Ángel Greses, el proyecto ha crecido. Guadalupe decidió continuar con el legado de su padre, manteniendo abierto el buzón físico en el barrio de Los Artesanos y ampliando la iniciativa al correo electrónico. Hoy, Solo cartas de amor recibe al menos una carta diaria, procedente de lugares tan distintos como Argentina, Guatemala, Francia, Alemania o Suecia.

En un mundo donde “ya casi nadie escribe cartas”, como reconoce la autora, el buzón se ha convertido en un espacio de desahogo, de confesión y de resistencia emocional. Escribir sabiendo que alguien va a leer —aunque sea un desconocido— sigue teniendo un poder transformador.

De la isla al mundo

El proyecto ha encontrado también una segunda vida en redes sociales. La cuenta de Instagram @solocartasdeamor, donde Guadalupe comparte fragmentos de las cartas (siempre preservando el anonimato), suma ya más de 25.000 seguidores de todo el mundo. Allí, el buzón continúa cumpliendo su función: recordar que el amor, en todas sus formas, sigue necesitando palabras.

Además, el proyecto ha inspirado iniciativas artísticas paralelas. Estudiantes de una escuela de arte reinterpretan visualmente algunas de las cartas recibidas, con la intención de realizar una futura exposición en la isla. La correspondencia íntima se transforma así en obra compartida.

Un libro para leer despacio

Solo cartas de amor no es solo la crónica de un proyecto singular. Es una defensa de la escritura como acto de valentía, de la lentitud como forma de resistencia y de la emoción como lenguaje universal. Un libro que invita a detenerse y a recordar que, incluso en tiempos de ruido, todavía hay espacio para la ternura.

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