Caligrama, enero 2021

El poemario Amor mundo reúne ciento un sonetos intimistas y emocionales. Pedro Ibarra indaga en la naturaleza, Dios y las propias palabras y ofrece un viaje en verso a lo más profundo de lo amado.

La editorial Caligrama publica Amor mundo. Ciento un sonetos. A lo largo de quince años, Pedro Ibarra ha escrito los sonetos que pueblan las páginas de este poemario. Lo que comenzó como una forma de expresión en el ejercicio de la introspección, se ha convertido en una magistral colección de versos y rimas que son en sí mismos un viaje, un camino a través de una historia de amor que debe sortear las amenazas del devenir de la vida y la muerte. «La poesía de Amor mundo la definiría como el modesto resultado de una larga indagación interior sobre temas que me interesan, abordados a partir del sentimiento, principalmente, y permitiendo a la razón levantar la voz de vez en cuando», cuenta el sonetista mexicano.

La naturaleza, Dios, los recuerdos y las propias palabras son algunos de los temas que trata la poética de Ibarra. Los sonetos evolucionan a medida que se avanza en la lectura, como lo hacen las horas en el día cotidiano: desde la sutileza del amanecer hasta la hondura y la profundidad de la noche. De esta forma, se compone un ciclo literario que es al mismo tiempo un canto a la existencia y las dudas que surgen en la búsqueda continua de respuestas.

Desde la juventud hasta la madurez, los sonetos de Amor mundo guardan la fuerza y la energía propias de quien asiste a su crecimiento personal. «Estoy soñando en ti. Sigo soñando./ Y para despertar no tengo cuándo». La obra es un relato abierto hacia las emociones con una mirada clásica y también contemporánea de la belleza y la estética de la lírica

Pedro Ibarra es abogado y nació en la ciudad de Sombrerete (Zacatecas, México), en 1963. Escribió la mayor parte de los sonetos de Amor mundo entre los veinticinco y cuarenta años de edad. Para su publicación, procedió a pulirlos y a darles un orden definitivo. Agregó unos pocos más, completando con ello la cifra de cien. El soneto del prólogo resultó ser el soneto número ciento uno por haberlo escrito una vez terminada la obra, como una carta de creencia y una visión de conjunto.