Plaza & Janés, septiembre
Joaquín Hernández regresa con La isla de las flores amarillas, una novela de intriga y pasión en Tabarca.
Una novela de intriga y pasión ambientada en Tabarca, la isla habitada más pequeña de España.
Tras Los secretos del olvido, el periodista Joaquín Hernández vuelve a explorar los vínculos familiares, la memoria y los secretos del pasado.
Dos épocas, un secreto centenario y una isla en la que el mar puede ser refugio, frontera y amenaza.
Tabarca, 1991. La joven Rosa sueña con escapar del hotel familiar en el que trabaja, pero la frágil salud de Amparo, su abuela, la ata a la isla. Además, la relación con su madrastra, Dolores, es cada vez más tensa desde que murió su padre. Él le dejaba una flor amarilla todas las mañanas sobre el mostrador, símbolo de amor y de resistencia ante la adversidad. Ahora, inexplicablemente, las flores siguen apareciendo en el mismo lugar, lo que Rosa atribuye a un milagro.
Justo entonces llega un nuevo huésped, Teo, un atractivo biólogo que estudia la reserva marina local. Su llegada rompe el equilibrio de la rutina de Rosa, mientras salen a la luz indicios de que las aguas de la isla albergan un secreto centenario que pondrá en peligro sus vidas.
En La isla de las flores amarillas , Tabarca es mucho más que un escenario. Para quienes llegan en barco puede parecer un pequeño paraíso mediterráneo; para Rosa, en cambio, se ha convertido en una cárcel rodeada de agua. Esa oposición entre quedarse y marcharse, entre pertenecer a un lugar y sentirse atrapado en él, atraviesa toda la novela. El aislamiento, los temporales, el faro, el cementerio, la reserva marina y las noches estrelladas condicionan la vida de los personajes y convierten la propia geografía de la isla en uno de los motores de la historia.
La novela enlaza además dos tiempos: el presente de Rosa y Teo, en 1991, y una segunda línea narrativa ambientada en 1927 y vinculada al faro de Tabarca. Las flores amarillas, el mar, las estrellas y el propio faro conectan distintas generaciones en una historia sobre la memoria y las huellas que deja el pasado. El Asteriscus maritimus que da título a la novela se convierte así en símbolo de amor y resistencia: una flor capaz de seguir creciendo junto al Mediterráneo pese al agua salada y las condiciones adversas.






















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