Entrevista a Nacho Bañeras

Bibiana Ripol, octubre 2026

Os ofrecemos una entrevista al escritor Nacho Bañeras con motivo de la publicación de Médicos del alma por Editorial Kairós.

Dices que “se necesitan médicos del alma”. ¿Qué es exactamente un médico del alma?

La metáfora del médico me parece interesante porque parte de una idea muy antigua: también necesitamos cuidar aquello que no es visible. Podemos ocuparnos de nuestro cuerpo, de nuestro trabajo, de nuestras relaciones, y, sin embargo, no preguntarnos qué está ocurriendo con nuestra manera de vivir.

Un médico del alma es, ante todo, alguien que, desde la calidez, sabe acompañar, escuchar e indagar No es quien posee respuestas sobre cómo debemos vivir, sino quien puede ayudarnos a detenernos, escuchar y poner en cuestión aquello que damos por supuesto sobre nosotros mismos y sobre nuestra vida.

Un médico del alma no pretende eliminar el malestar inmediatamente. Intenta ayudarnos a comprender qué nos está pasando y qué relación mantenemos con aquello que nos sucede. Puede ayudarnos a distinguir entre lo que somos, lo que creemos ser y aquello que hemos aprendido que deberíamos ser.

Y hay algo fundamental: el médico del alma no sustituye a la persona en el cuidado de su propia vida. No decide por ella. Acompaña para que pueda hacerse cargo de aquello que está viviendo con mayor conciencia y responsabilidad.

¿Hasta qué punto la identidad que construimos puede acabar convirtiéndose en una coraza?

La identidad es necesaria. Necesitamos cierta continuidad para reconocernos, para relacionarnos con los demás y para poder decir «yo». El problema aparece cuando esa identidad deja de ser una referencia y se convierte en una definición cerrada de quién somos.

Entonces empezamos a defender una imagen de nosotros mismos. Y todo aquello que no encaja con esa imagen puede convertirse en una amenaza.
Podemos decir: «yo soy así», «esto nunca lo haría», «yo necesito esto», «yo no soy una persona de ese tipo». Son afirmaciones que aparentemente nos dan seguridad, pero que también pueden impedirnos descubrir aspectos de nosotros mismos que no queremos reconocer.

Por eso hablo de la identidad como una posible coraza. La coraza no está hecha solamente de aquello que mostramos, sino también de aquello que necesitamos excluir para poder sostener la imagen que tenemos de nosotros mismos.

El autoconocimiento no consiste entonces en construir una identidad cada vez más perfecta, sino en poder ver o aceptar que no coincidimos completamente con la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Hablas mucho del “desencaje”. ¿Puede una crisis ser también una oportunidad para conocernos mejor?

Sí, aunque no toda crisis produce necesariamente conocimiento. Una crisis puede ser entendida como una grieta porque interrumpe la continuidad con la que veníamos viviendo.

Mientras todo encaja, podemos vivir sin preguntarnos demasiado por qué hacemos lo que hacemos. Pero cuando algo se rompe —una relación, un proyecto, una expectativa, una determinada imagen de nosotros mismos— aquello que parecía natural deja de serlo.

Y ahí aparece el desencaje.

El desencaje es incómodo porque nos obliga a preguntarnos quiénes somos cuando ya no podemos sostener exactamente la vida que sosteníamos antes. Pero precisamente por eso puede abrir un espacio de autoconocimiento.

No se trata de romantizar el sufrimiento. Hay situaciones que son profundamente dolorosas y que no contienen ninguna enseñanza automática. La cuestión es qué hacemos con aquello que nos sucede.

Una crisis puede obligarnos a descubrir que quizá no estábamos viviendo desde nuestros propios deseos, sino desde expectativas heredadas; que quizá habíamos confundido seguridad con identidad; o que aquello que creíamos que éramos era, en realidad, una manera de protegernos.

La crisis no es necesariamente una oportunidad, pero puede convertirse en un lugar desde el que empezar a hacernos preguntas que antes no podíamos o no queríamos hacernos.

¿Cómo se acompaña a alguien sin aconsejarle qué debe hacer?

Quizá una de las mayores dificultades del acompañamiento sea precisamente soportar la tentación de dar respuestas.

Cuando alguien nos cuenta algo que le hace sufrir, inmediatamente queremos ayudarle. Y muchas veces entendemos ayudar como decirle qué debería hacer. Pero eso puede hacer que sustituyamos su capacidad de pensar por la nuestra.

Acompañar filosóficamente supone otra actitud. Es escuchar, preguntar, precisar, señalar contradicciones, abrir posibilidades y, en determinados momentos, guardar silencio.

Si alguien me dice: «No sé si quiero continuar con mi relación», puedo decirle lo que yo haría, pero entonces estaré introduciendo mi propia cosmovisión en su vida. En cambio, puedo preguntarle: «¿Qué significa para ti continuar?», «¿qué es aquello que te hace querer marcharte?», «¿qué temes perder?», «¿qué estás sosteniendo y para quién?».

No sabemos de antemano dónde debe llegar la persona. La mayéutica consiste precisamente en confiar en que el otro puede pensar, siempre que encuentre un espacio suficientemente hospitalario para hacerlo.

¿Estamos convirtiendo en problemas individuales malestares que también son sociales?

Sí, y creo que esta es una de las cuestiones políticas fundamentales del acompañamiento filosófico.

Vivimos en una época en la que muchas experiencias sociales se han convertido en responsabilidades individuales. Si estás agotado, tienes que aprender a gestionar mejor tu tiempo. Si estás angustiado, tienes que trabajar tus emociones. Si no consigues determinados objetivos, tienes que esforzarte más.

Existe una enorme presión para convertirnos en proyectos permanentemente mejorables.

Pero no podemos comprender el malestar únicamente desde el individuo. Hay precariedad, desigualdad, aceleración, exigencias laborales, modelos de éxito, relaciones de poder y determinadas formas de entender el cuerpo, el género, el éxito o el fracaso que también participan en la manera en que vivimos.

Por eso, para mí, el acompañamiento filosófico tiene que mantener siempre una doble mirada: mirar hacia dentro sin dejar de mirar hacia fuera.

No se trata de decir que todo lo que nos ocurre es culpa de la sociedad ni de negar nuestra responsabilidad personal. Se trata de evitar los dos extremos: pensar que somos completamente responsables de aquello que nos sucede o pensar que no tenemos ninguna capacidad de respuesta.

Llevas años trabajando estas ideas. ¿Qué ha cambiado en tu manera de entender la filosofía desde que empezaste?

Creo que cada vez entiendo la filosofía menos como un lugar al que llegar y más como una manera de estar.

Cuando empiezas a acercarte a la filosofía puedes tener la sensación de que se trata de encontrar buenas respuestas. Con el tiempo, al menos en mi caso, me ha interesado cada vez más la capacidad de sostener las preguntas y de permanecer abierto a aquello que todavía no comprendo.

También ha cambiado mi manera de entender el autoconocimiento. Al principio puede parecer que conocerse consiste en descubrir quién eres. Hoy creo que es algo bastante más incómodo: conocerse también significa descubrir que nunca terminamos de coincidir con aquello que creemos ser.

Y eso transforma también la manera de acompañar. Cada vez confío menos en las grandes respuestas y más en la capacidad de una buena pregunta para producir un desplazamiento.

Quizá por eso entiendo hoy la filosofía de una manera más vinculada al cuidado. Pensar no es solamente comprender intelectualmente algo. Pensar puede modificar nuestra relación con nosotros mismos, con los demás y con el mundo.

Y, finalmente, creo que he aprendido que filosofar exige una cierta humildad. El acompañante no es alguien que ha llegado más lejos que el acompañado. Es alguien que ha aprendido a caminar junto a otro sin necesitar saber de antemano hacia dónde debe ir.

Esperamos que hayáis disfrutado de esta entrevista a Nacho Bañeras y os animéis a leer Médicos del alma

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