NUESTRA OPINIÓN …

Que importantes son los títulos, y más cuando son tan acertados como el que tiene esta novela. Quizás tengas que llegar al final para ver todo lo que encierra, ya que ese Volver a Cafranc tiene muchos significados.

Volver a Canfranc, puede responder a la solicitud que hizo en su día, como único deseo, Laurent Juste (Albert Le Lay) o también a ese viaje que muchos de los que cruzaron ese paso fronterizo huyendo de los nazis, y/o sus familias, han realizado en sentido inverso al que entonces se vieron obligados a realizar. Un viaje que nada tiene que ver y que muchos de ellos han sentido la necesidad de emprender.

Rosario Raro nos traslada Canfranc, a los años 1943 y 1944, recién acabada la Guerra Civil, para, por medio de la ficción, darnos a conocer unos hechos reales que llevaron a cabo personas de carne y hueso. Unos hechos que pese a haber sucedido en nuestro país son muy poco conocidos aquí.

Canfrac y su estación fueron escenario de la huida de cientos, quizás miles, de personas, en su mayoría judíos, que escapaban del horror nazi tratando de poner su vida a salvo. Canfrac era la puerta de su libertad y su destino era el puerto de Lisboa para proseguir viaje hacia América. Pero Canfrac también fue un enclave decisivo para la liberación de Europa de la ocupación nazi y el fin de Tercer Reich.

Siempre me siento atraída por novelas que tienen como telón de fondo la II Guerra Mundial y sobre todo por las que tienen en sus historias nazis y judíos, y es que por más que conozcas y hayas leído las atrocidades que se cometieron, nunca dejas de sorprenderte. Como tampoco dejan de sorprenderte las historias de muchas personas anónimas que se jugaron literalmente la vida por ayudar a otros a huir de la barbarie.

Los protagonistas no sólo son Jana, Laurent, Durandarte, Montlum, Didier, etc. sino también todos los hombres y mujeres a los que representan. Todos esos hombres y mujeres que, sin buscar nada a cambio, se jugaron la vida, y que no sólo se pusieron ellos en riesgo sino que también pusieron a sus familias, a veces hasta a sus amigos, a los seres a quienes más querían, buscando erradicar la barbarie que se estaba instalando en Europa, para evitar todo el sufrimiento que podían a los que eran perseguidos simplemente por ser judíos, homosexuales, gitanos, o por cualquiera de los múltiples motivos que esgrimían los nazis para lograr la pureza de la raza.

Hay que reconocer que la labor de documentación e investigación que ha tenido que realizar la autora ha debido ser ardua, y se nota. No ha tenido que ser nada fácil tener en sus manos tantos datos, tantas historias y saber reflejarlas sin que se le hayan ido de las manos, sin perder el hilo, ya que cada una de los episodios que Rosario nos narra, seguramente, podrían haber dado mucho más de sí, y en este sentido hay que reconocerle a la autora la labor de contención a la hora de contarlas.

Rosario Raro toca en esta novela temas, algunos de ellos casi desconocidos, como la ruta del expolio nazi, la red de espionaje que estaba coordinada desde Canfranc (en la que Albert Le Lay, en la novela Laurent Juste, fue un pilar fundamental), la ayuda de la embajada española en Budapest de la mano de Ángel Sanz Briz, la existencia del SOE (cuerpo de élite creado por Churchill), la construcción del ferrocarril transahariano, la maternidad de Elna que ayudaba a mujeres que estaban en campos de concentración a parir de manera más humana, o el final de la guerra.

También me han gustado mucho los guiños literarios que aparecen en Volver a Canfranc como la alusión a El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas que es la lectura de Jana y que mucho tiene que ver con otro de los personajes de Volver a Canfranc (Esteve Duradarte), los libros que se utilizan para transmitir mensajes de la resistencia, Ser y Tiempo que es la lectura de uno de los alemanes encargados de la vigilancia del puesto fronterizo de Canfrac, o la mención a los Episodios Nacionales de Galdós.

No quiero terminar esta reseña sin hacer mención de un personaje que ha logrado cautivarme por lo que hizo y por lo que fue. Se trata de Albert Le Lay, en la novela Luarent Juste. Albert Le Lay fue un bretón, jefe de la aduana internacional de Canfranc y jefe del grupo de la Resistencia de la zona, siendo su intervención en este puesto fronterizo fundamental para salvar muchísimas vidas, aun poniendo en riesgo a toda su familia. Además fue héroe de guerra, pero fue un hombre que siempre rechazó todos los honores que le fueron concedidos y cada vez que le otorgaban una condecoración la guardaba en un cajón del que nunca las sacaba, llevando siempre una vida muy discreta. Cuando el General De Gaulle le ofreció ser ministro, el rechazó el ofrecimiento y lo único que pidió fue que le volvieran a destinar a su antiguo puesto de jefe de la aduana internacional de Canfrac. Eso era lo único que pedía, volver a Canfrac.

En un momento en el que estamos tan desencantados con los políticos que tenemos, encontrarse con un hombre así es de las cosas más emocionantes que te pueden suceder, y te hacen no dejar de creer en la naturaleza humana.

En Volver a Canfranc Rosario Raro novela con maestría unos hechos históricos mezclando personajes reales (aunque a algunos de ellos no aparezcan con su verdadero nombre) con personajes de ficción, de tal manera que no lograremos distinguir entre unos y otros, y lo hace de manera amena y natural, en un relato que resulta atractivo desde las primeras páginas, y que en muchos momentos nos emocionará.

En el encuentro con la autora al que acudimos, y que presentó Luz Gabás, nos dijeron que en la Estación de Canfrac encerraba muchas historias que contar y que merecían ser contadas. Esperemos que con el tiempo Rosario Raro nos relate alguna otra.