NUESTRA OPINIÓN …

Con una portada que llamada poderosamente la atención Todos nosotros de Javier Menéndez Flores ha pasado a convertirse en una de las mejores lecturas de este año, en cuanto a novela negra se refiere.

Todos nosotros comienza de manera potente como todo buen thriller que se precie. La novela comienza en 1981, cuando a una comisaría del distrito de Madrid llega el aviso de una chica a la que han atropellado mientras corría atemorizada, como huyendo de algo, y totalmente desnuda. Pronto descubriremos que la víctima, Elena Vicuña, es sólo una más de las varias desaparecidas en lo que ya se ha convertido un caso en serie: chicas que desaparecen tras una noche de fiesta.

Para el joven inspector Diego Álamo, éste será uno de esos casos que le marcarán de por vida y convertirá en una batalla casi personal el encontrar al artífice de esas desapariciones y al responsable de la muerte de esta joven de la que sus ojos se le clavarán en sus sueños de por vida.

Sin embargo, este es sólo el comienzo. Toda la primera parte del libro viviremos la investigación de estas desapariciones, de manera totalmente cronológica y conociendo a todos los miembros de este equipo policial que intentará por todos los medios dar con el culpable. Y aquí viene uno de los puntos fuertes de esta novela y es la ambientación. Situarla en 1981, tanto mediante menciones a importantes hechos históricos que tuvieron lugar en ese tiempo, tanto políticos como sociales, nos muestra con gran maestría una época convulsa en la que muchos de los miembros de las fuerzas del orden aún se resistían a acatar el cambio que conllevaba la transición. En Diego podemos ver reflejado al policía joven que ve una manera de hacer las cosas diferente a la que se había llevado a cabo hasta ese momento, mientras que en Guzmán, su compañero, podemos ver a ese policía aún chapado a la antigua, ese policía que lleva demasiados años haciendo las cosas con unos métodos bastante discutibles, que le han funcionado hasta entonces y que se niega a aceptar que las cosas han cambiado. Es muy interesante esta contraposición que utiliza el autor, de manera totalmente integrada en la historia, para mostrarnos, sin tomar partido pero sí explicando el porqué de ambas formas de proceder, con estos dos miembros del equipo condenados a entenderse.

Hacia la mitad del libro saltaremos a veinte años después y es que la investigación, después de varios puntos y sospechosos que no voy a desvelar para no hacer spoiler, llega a punto muerto y después de distintos intentos por rescatarla, a Diego no le queda más remedio que, al menos de manera oficial, dejarla de lado para ocuparse de otros asuntos. Veintiún años después, tenemos a un Diego que ha llegado a ser subcomisario, cuando, de repente, empiezan de nuevo a desaparecer chicas después de haber salido una noche de fiesta, a Diego se le encienden todas las alarmas y decide rescatar el caso con la ayuda de dos inspectores jóvenes, con ojos nuevos, para llevarlo lo más discretamente posible. A partir de este momento, viviremos una nueva investigación en la que está por descubrir si los hechos actuales tienen algo que ver con la del pasado o no, ¿ha podido el responsable de las desapariciones de entonces permanecer tanto tiempo «dormido»?¿Cuenta con un cómplice o era demasiado joven en su momento?¿Es alguien tratando de imitar lo mismo de entonces? Un montón de preguntas que iremos respondiendo poco a poco de la mano de Diego y de Sara y Mateo, en este caso dos policías que ya no difieren en el método pero sí en carácter, la primera porque le ha tocado demostrarlo todo en un mundo en el que predominan los hombres y, el segundo, porque le ha tocado enfrentarse a ser alguien distinto a lo que se esperaba de él. Dos caracteres forjados a base de golpes en la vida.

En cuanto a los personajes, Diego Álamo es de esos que se te queda grabado, que esperas volver a encontrarte más adelante en otra historia. Un personaje noble, leal, con principios y con una historia de amor que traspasa las páginas, una historia que, en su mayoría, conoceremos en la parte actual. Y quizá este amor, es el contrapunto perfecto al otro personaje por excelencia de la novela: el secuestrador.

Javier Menéndez Flores en Todos nosotros retrata un personaje cruel, sin sentimientos y al que el lector teme casi desde el primer momento. Sin embargo, también consigue que el lector quiera saber el porqué, porque en esta historia no importa tanto quién sino porqué y quizá este es también uno de los puntos diferenciadores de esta novela respecto a otras del mismo género. El autor, consigue que finalmente lleguemos, no voy a decir a empatizar, pero sí a entender cómo alguien puede llegar al punto al que llega el culpable de tanto dolor, cómo alguien es capaz de perpetrar los hechos que se narran en las páginas y que en más de una ocasión dan ganas de cerrar los ojos como si de una película se tratara.

Con una narración onmisciente, en tercera persona para toda la investigación policial y dos narraciones en primera persona para los pasajes en los que el asesino o alguna de las secuestradas toma la palabra. Javier Menénez Flores ha conseguido un thriller de contrapuntos: de poner los pelos de punta, reflejando el peor lado del ser humano, el dolor, la crueldad, la falta total de empatía, la violencia y el mal en estado puro, a la bondad más infinita, el amor y la fuerza que muchas personas tienen por encima de las complicadas circunstancias que les ha tocado vivir.

Si no lo habéis hecho, leed Todos nosotros porque merece la pena. Un thriller, no apto para estómagos delicados, pero que refleja lo mejor y lo peor del ser humano y que deja patente que la mejor lucha contra el odio, siempre es el amor.

FICHA DEL LIBRO

FRAGMENTO