NUESTRA OPINIÓN …

Hasta este momento no había leído nada de Monica Rouanet, de la que me quedé con muchas ganas de leer Despiértame cuando acabe septiembre, su anterior novela que tan buenos comentarios había cosechado, por eso cuando llegó a mis manos No oigo a los niños jugar, tenía claro que iba a desquitarme.

Alma es ingresada en una clínica psiquiatra que está ubicada en un antiguo caserón que ha sido rehabilitado y que años atrás albergó un internado para niños sordos que llegaban de todas España.

La clínica acoge a chicos y chicas menores hasta que cumplen la mayoría de edad, y aunque Alma está segura de haber visto a un par de niños de 6 o 7 años, que hasta le han dejado mensajes escritos, lo cierto es que todo el mundo le asegura que allí no hay niños tan pequeños.

¿Quiénes son esos niños? ¿Se esconden del resto de los ocupantes de la clínica? o ¿Es que solo puede verlos ella? ¿Serán alucinaciones suyas?

Monica Rouanet nos sumerge en una historia, a través de dos hilos que se alternan y que tienen lugar en dos dimensiones distintas, en la que Alma será el nexo de unión de una trama que se adentra en el mundo de la enfermedad mental en los jóvenes, y en cómo la sociedad los aparta y margina. Pero no sólo a ellos, sino a todos aquellos que tienen algún tipo de minusvalía física o mental, y que si bien  el rechazo de la sociedad hace años, ante cualquiera que era diferente era mucho mayor, es algo que en la actualidad sigue ahí.

Alma y sus amigos son niños bien que están allí por diferentes motivos. Mientras el ingreso de Alma tiene como causa el dolor y la culpa por un accidente del que ella fue la única superviviente, el de Luna son las adicciones de una niña caprichosa que intenta llamar la atención de su madre famosa; Mario sufre una paranoia por la que piensa que todos le vigilan y espían, y el problema de Ferrán es su obsesión con el sexo. Gabriela padece problemas alimentarios y Candela está en crisis permanente. A través de ellos iremos conociendo cómo es su día a día, cómo es su relación entre ellos y cómo luchan contra sus miedos.

Pero en No oigo a los niños jugar también están esos otros niños que parece sólo Alma ve, y protagonizan el otro hilo de la trama. Ellos nos irán contando la historia del viejo caserón que acogía un internado para niños sordos hasta llegar a convertirse en la clínica que es hoy. Al mismo tiempo sabremos algunos detalles de aquel colegio y quienes lo habitaban. Conoceremos la falta de cariño, el rechazo y el abandono que sufrían algunos de aquellos niños hasta el punto de que su familia jamás iba a verlos ni los recogían y llevaban con ellos. Eran «niños olvidados», escondidos y rechazados por el único motivo de ser sordos.

No oigo a los niños jugar es una novela con una trama psicológica, y dos líneas argumentales equilibradas,  una trama bastante original, una prosa fluida, cuidada y sencilla, en la que abunda el diálogo, lo que hace que se lea muy bien. Sin embargo no me ha resultado una novela redonda y creo que se ha debido a esos tintes un tanto paranormales a los que no soy muy aficionada y tampoco he terminado de empatizar con algunos personajes, pero está claro que esto es algo totalmente personal, así que os aconsejo que no os quedéis con esto y busquéis más opiniones que os puedan ayudar a decidiros por esta lectura.