Mónica Rouanet nos habla de No oigo a los niños jugar

Hoy os traemos un post algo diferente. Hace unos días fue el día mundial de las enfermedades mentales, una realidad que cada vez está más presente y por suerte también cada vez está más visibilizada aunque aún falte mucho camino por recorrer.

Con este post, y de la mano de Mónica Rouanet, os traemos un retazo de lo que llevó a esta autora a escribir su última novela «No oigo a los niños jugar» que tanto tiene que ver con este tema.

NO OIGO A LOS NIÑOS JUGAR
RocaEditorial
Por Mónica Rouanet.

Hasta esta última, mis novelas habían surgido siempre desde los personajes. Los considero el centro de todas las historias. Son quienes interactúan con el resto de elementos de la narración, incluido con el lector. Al menos yo, como lectora, me engancho a una novela si me importa lo que pueda sucederle a los personajes. Si no es así, probablemente deje de leer.

En No oigo a los niños jugar fue diferente. En este caso, mi historia surgió a partir de un lugar: un antiguo edificio ubicado en Madrid que había sido residencia de niños y niñas sordos. Durante algún tiempo estuvo cerrado al público, pero hace unos años reabrió sus puertas con la intención de albergar nuevos proyectos educativos y sociales. Aunque no todas sus plantas están operativas; las dos últimas continúan selladas por una puerta metálica que impide el acceso.

Con todo esto, mi cabeza comenzó a hervir. Enseguida se mezclaron varios temas, todos ellos con un punto en común: el olvido hacia lo que no nos es útil, hacia lo que es diferente, hacia lo que no entendemos. Por un lado, la historia de aquellos niños y niñas que estrenaron el edificio. Menores con una deficiencia severa auditiva. Menores diferentes. Tan diferentes que hubo que abrir un edificio especial donde vivieran y se educaran separados de los menores oyentes. ¡Menos mal que el mundo ha cambiado desde entonces! Por otro lado, jóvenes con enfermedades mentales, la patología que actualmente más se oculta y menos ayudas públicas recibe. La más olvidada. Como el edificio, para el que tardaron años en concebir un nuevo uso.

A lo largo de las páginas de No oigo a los niños jugar recorremos la enorme casona de la mano de sus personajes, en especial de la mano de Alma, una joven de diecisiete años que es ingresada en la clínica después de intentar quitarse la vida. Conviviremos junto a ella con el resto de internos, en especial con un grupo de chicos y chicas con distintas patologías que ni siquiera vuelven a casa los fines de semana. Como Alma, tendremos también la suerte de conocer a un par de niños de aquellos que todavía permanecen entre las paredes del edificio, niños olvidados, niños que nos contarán su historia.

Con No oigo a los niños jugar busco mostrar la normalidad de lo diferente. En una época en la que defendemos hasta con odio lo políticamente correcto, busco un poco de empatía para hacer la vida más fácil. La de quienes no comprendemos, y la nuestra propia. Tan solo es necesario escuchar y aceptar las diferencias que existen en todas las personas. La vida sería así mucho más sencilla.

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