Plaza&Janés, marzo 2021

Hombre al agua, la novela póstuma de Javier Reverte.

En octubre verán la luz sus memorias y en 2022 su último libro de viajes, sobre Irán y Turquía. El autor se ha convertido en uno de nuestros clásicos contemporáneos.

Tras el triste fallecimiento de Javier Reverte en octubre del año pasado, se publica en Plaza & Janés, su novela póstuma, Hombre al agua. Una obra lúcida, hilarante y comprometida, en la que convergen géneros como la sátira, el esperpento, la parodia, la picaresca, el costumbrismo y el absurdo para componer un retrato, a un tiempo despiadado y cálido, he­cho con idénticas dosis de rabia y afecto, de un país lleno de vicios deplorables pero tam­bién de seres entrañables que se resisten a la derrota definitiva.

Trabajador infatigable, Javier Reverte fue un escritor dotado de una grandísima imaginación y una muy notable capacidad de ahondar en la naturaleza humana. Fue, también, un prolífico novelista que andaba siempre, entre viaje y viaje, con una novela en la cabeza o en el ordenador. Y eso hizo hasta el final de sus días cuando, ya enfermo y consciente del poco tiempo que le quedaba por vivir, estuvo corrigiendo y poniendo el punto final a esta novela. Su deseo era verla impresa y por eso desde la editorial tomamos la decisión de adelantar la publicación unos meses para que pudiera tener el libro en sus manos pero, lamentablemente, no se llegó a tiempo. A pesar de todo Javier no solo logró entregar, pulida y corregida, esta novela sino que también nos dejó su libro de memorias, Queridos camaradas: una vida, que escribió “a saltos” entre 2005 y 2020 entre Madrid y Valsaín, su querido refugio de la infancia y de los años finales. Y también concluyó el que será su último libro, de su último viaje, el realizado a Irán y a Turquía, cuyo título –La última frontera– parte de una precisa cita de Goethe que define perfectamente el espíritu de ese libro: “Oriente y Occidente no pueden vivir separados”.

Javier Reverte fue un hombre comprometido con el oficio de escritor, exigente con lo que leía –fue un lector voraz y curioso– y más exigente aún con lo que escribía, tanto en la literatura de viajes como en la crónica periodística, la poesía o la narrativa. Prácticamente su obra entera se halla en el catálogo de Penguin Random House –en Plaza & Janés y Debolsillo– y lo último que pidió a sus editores fue, simplemente, lo primero que cualquier autor ha de exigir a la editorial en la que publica: que cuide y mantenga sus libros vivos.

Hombre al agua es digna heredera de esa co­rriente periodística y literaria española que ha acudido al humor más desatado con el obje­tivo de denunciar las profundas desigualda­des sociales y los abusos de poder en todos sus estamentos, que ha fiado a la carcajada aguda o a la inteligencia socarrona la función de destapar nuestras miserias y recordarnos la poesía que muchas veces yace oculta en el débil. Impulsado por su hondo compromiso social y por su insobornable ánimo justiciero —sólo hay que pensar en términos autobiográficos en su lucha por el derecho de los creadores a perci­bir derechos de autor sin menoscabo de sus respectivas pensiones de jubilación— Javier Reverte entendió, como los maestros citados, que no hay mejor arma para la denuncia que las risas cargadas de veneno. Puede afirmarse, sin incurrir en hipérbole, que el libro no deja tí­tere con cabeza pues no hay gran institución o estamento que se salve de las pullas o la ridi­culización. La Corona, políticos, sindicalistas, eclesiásticos, militares, policías, tertulianos, el CESID, el Opus Dei… quedan retratados bajo la mirada jocosa del autor.

Sin embargo, por su novela póstuma también desfilan sus vastos conocimientos de la litera­tura universal, invocándose, directa o indirec­tamente, desde clásicos griegos como Home­ro o Ariosto a la poesía de Rilke o referencias a obras de Shakespeare. Atención especial merece el guiño a uno de los pensadores y escritores por los que Reverte profesaba una mayor veneración, Albert Camus, cuya pieza dramática Los justos —en torno a un grupo de revolucionarios que discuten cómo socavar al régimen zarista— encuentra ecos en el retrato del grupúsculo de anarquistas estrambóticos que urden un delirante complot para dañar al capital.  En sintonía con los saltos entre clases socia­les y ambientes, cabe destacar igualmente la riqueza de los registros lingüísticos maneja­dos por el autor, donde la expresión coloquial se entremezcla sin descanso con el apunte culto, el tono populachero y desenfadado con la referencia lírica o anacrónica. Asimismo, puntúa la narración una variopinta oferta de poemas y canciones —coplas, tangos…— para redoblar el ánimo crítico-festivo.

La ciudad de Madrid es un protagonista más, por no decir uno de los principales, y en su esperpéntica vi­sión de la misma, Javier Reverte tuvo en Luces de bohemia uno de sus grandes focos de inspi­ración. Y es que, si en el clásico de Valle-Inclán los héroes de la tragedia griega acudían a mi­rarse en los espejos deformantes del callejón del Gato, el protagonista de esta tragicome­dia picaresca observa su reflejo en los sucios charcos de la plaza de Lavapiés y se lanza de lleno a la vida, aunque suponga mojarse. Tam­bién al modo del Galdós tardío, el de la quinta serie de los Episodios nacionales, el autor en­cuentra un modo muy personal de reflejar los males del país desde la burla desatada, simul­taneando los ambientes sórdidos con las refe­rencias elevadas.  Hombre al agua es, en última instancia, el en­canto y la excentricidad de la variadísima fau­na que la recorre, un verdadero zoo de indivi­duos más turulatos que cuerdos, quienes por momentos parecen salidos de alguna viñeta de 13 Rue del Percebe, otras de La escopeta na­cional y a los que quizá sólo una greguería de Gómez de la Serna podría acercase a describir.