NUESTRA OPINIÓN …

Llegué a Estación Sol de Gregorio León gracias a un tuit de Carla Montero. No había leído nada del autor aunque el título de una de sus novelas, por lo menos, sí había logrado en algún momento llamar mi atención. Ver la portada, el título y que transcurría en Madrid me llevaron a interesarme inmediatamente por esta novela y así conocer por fin al autor.

Julia es una joven fotógrafa que desde niña ha sentido algo especial por la fotografía, el oficio de su padre. Siempre sintió una atracción especial por aquel cuarto de cubetas con líquido de revelado que manejaba su padre en el que intentaba colarse, en el pensaba que había un tesoro que, cuando su padre la invitaba a entrar, quería descubrir en aquella oscuridad.

Por eso cuando su padre muere, aunque no cree que nunca pueda estar a su altura, no duda un momento en echarse la cámara al hombro e ir a ver al director del diario El universal, gran amigo de su padre, y ofrecerle sus servicios.

Un día, por casualidad, Julia ve a Alfonso XIII entrar de la mano de una mujer, que no es la reina, en un chalet de El Viso, imagen que capta con su cámara y lleva al director de El Universal pero, por lo que significa, el periódico no puede publicar esa foto. Para tratar de que se olvide de ella y congraciarse con Julia le ofrece hacer el reportaje de un proyecto que va a cambiar Madrid: Las obras del metropolitano.

Unas obras que no están exentas de polémicas y rumores, y más cuando en ellas aparece el cadáver del capataz de las mismas.

Y utilizando este crimen, y alguno más por el camino, Gregorio León nos sumerge en una trama que le añade algo de intriga y de misterio a la novela pero en la que lo fundamental es la ambientación y el homenaje que con Estación Sol, Gregorio León ha querido rendir a Metro de Madrid en el centenario de la puesta en marcha del suburbano madrileño, llamado inicialmente Metropolitano Alfonso XIII. Un proyecto que desde el principio convenció al rey Alfonso XIII llevándole a hacer una aportación de un millón de pesetas para su construcción, ayudando de esta forma a que otros inversores más escépticos también contribuyeran su financiación.

Gregorio León con gran destreza, nada más empezar la novela ya nos traslada a una época que nos parece muy lejana, aunque sólo hayan transcurrido 100 años, y a un Madrid muy distinto al que conocemos en la actualidad. Un Madrid en el que había un gran caos circulatorio, aunque hubiera muy pocos coches, en el que éstos convivían con el tranvía, los carros, las mulas y los viandantes.

Y es que la construcción de la primera línea del Metro de Madrid que prometía hacer el recorrido de Sol a Cuatro Caminos en pocos minutos fue una obra que no sólo contribuyó al cambio de la ciudad, sino que también cambió la vida de sus gentes.

Un Madrid que estaba empezando a cambiar de fisonomía, con las obras de la Gran Vía y los nuevos barrios que iban surgiendo; en el que comenzaban a suceder muchas cosas, con sus cafés llenos de vida, cultura, tertulias, donde era fácil coincidir con grandes escritores de la época, en los que se hablaba de literatura, política y fútbol, un deporte en el que  sus equipos ya empezaban a suscitar pasiones entre los madrileños. Unos cafés cuya proliferación era tal que en un perímetro de un kilómetro alrededor de la Puerta del Sol se podían encontrar hasta 60.

Una ciudad donde daba sus primeros pasos el cinematógrafo, los rumores estaban a la orden del día y empiezan a sucederse los disturbios que podían zarandear a la monarquía y hasta acabar con ella; con una población presta a las huelgas, con los obreros descontentos, a la que también llegan los ecos de la Revolución Rusa.

Me ha encantado hacer un recorrido por aquel Madrid de hace un siglo, por el Mercado de la Cebada, las calles Jardines y Peligros con sus mujeres de malvivir, el Paseo de Recoletos, el hipódromo de La Castellana;  los desayunos de media con manteca en uno de los múltiples cafés que habitaban la ciudad, ir al Estadio de O’Donnell donde jugaba aquel equipo que tenía como capitán a Santiago Bernabeu; o ver ese templete que iba a ser la entrada al metropolitano en la Puerta de Sol o en la Red de San Luis.

Pero si Gregorio León rinde homenaje al Metro también lo hace al periodismo. No en vano Julia es una reportera gráfica y se mueve en ese mundo. Un mundo que siempre, por unas razones u otras, parece haber estado en crisis, y en el que, entonces, también existían las noticias falsas y la desinformación, aunque nos parezca que esto es una cosa nueva que hemos inventado ahora.

Y es que para mí lo mejor de Estación Sol es la ambientación, que sólo puede venir avalada por una gran labor de documentación que el autor nos muestra en mil y un detalles de aquel Madrid y de quienes en él habitaban, y que está integrada con habilidad según lo demanda la trama, sin que en momento alguno esté metida con calzador mi lastre el relato.

En cuanto a los personajes Gregorio León los dibuja con acierto y mezcla personajes reales con ficticios sin fisuras y consiguiendo que el lector en más de una ocasión dude si alguno de estos últimos es real o no.

En resumen, en Estación Sol, Gregorio León utiliza un lenguaje sencillo, directo para contarnos una historia en la que a través una una trama de intriga y misterio, en la que para mi gusto algunos extremos están un poco cogidos por los pelos, rinde homenaje al periodismo y al Metro de Madrid y en la que logra una ambientación que sin duda es, para mí, lo mejor de la novela.

No había leído hasta el momento ninguna novela de Gregorio León, como he dicho al principio de esta entrada, pero no me cabe duda de que volveré a hacerlo.

FICHA DEL LIBRO

FRAGMENTO