El hombre corzo

Capitán Swing, marzo 2022

Capitán Swing publica El hombre corzo: siete años viviendo en el bosque de Geoffroy Delorme, con traducción de Blanca Gago.

Desde muy joven, Geoffroy Delorme tuvo dificultades para relacionarse con sus semejantes. Sus padres decidieron sacarlo de la escuela y el pequeño continuó sus estudios en casa. Pero no muy lejos de esta había un bosque que no dejaba de llamarlo. A los diecinueve años, no pudo resistir más la tentación y se lanzó a vivir con lo mínimo indispensable en las profundidades del bosque de Louviers, en Normandía. Comenzaba para él un largo y arduo aprendizaje. Un día, descubrió un corzo curioso y juguetón. El joven y el animal aprendieron a conocerse. Delorme le puso un nombre, Daguet, y el corzo le abrió las puertas del bosque y su fascinante mundo, junto a sus compañeros animales. Delorme se instaló entre los cérvidos en una experiencia inmersiva que duraría siete años. Vivir solo en el bosque sin una tienda de campaña, refugio o ni siquiera un saco de dormir o una manta, significó para él aprender a sobrevivir. Siguiendo el ejemplo del corzo, Delorme adoptó su comportamiento, aprendió a comer, dormir y protegerse como ellos, aprovechando lo que el humus, las hojas, las zarzas y los árboles le proporcionaban. Y así, fue adquiriendo un conocimiento único de estos animales y su forma de vida, observándolos, fotografiándolos y comunicándose con ellos. Aprendió a compartir sus alegrías, sus penas y sus miedos.

Geoffroy Delorme. Ecologista inmersivo, fotógrafo de vida salvaje y escritor, especialista en corzos, se considera testigo de la vida salvaje pero también embajador de la naturaleza por haber dedicado una década larga de su vida a caminar por los bosques detrás de animales salvajes. Dejar el mundo social de los humanos, introducirse en la vida de los corzos, vivir entre ellos para poder observarlos y comprenderlos mejor se ha convertido en una actividad a tiempo completo para él. Delorme trata de estudiar su comportamiento, comprenderlos, adaptarse a su ritmo, un poco como habían hecho Dian Fossey con los gorilas o Jane Goodall con los chimpancés. En un bosque nacional de Normandía, creó un territorio en el que se cruzaba con varios corzos y caminó tras ellos durante varios meses. Las distancias se fueron reduciendo gradualmente hasta que los corzos asumieron que no quería hacerles daño. Con inteligencia y gran curiosidad, se acercaron a él y nació una gran complicidad. Más allá del hecho de introducirse en la vida de animales salvajes, ganarse su confianza y eliminar cualquier límite de distancia con ellos, la aventura le ofreció un encuentro maravilloso, con Chévi, un corzo increíble, inteligente y lleno de curiosidad por el mundo que lo rodea, que se convirtió en su mejor amigo. Así, realizó una expedición salvaje y humana para hacer saber al mundo cómo viven los corzos.

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