Destino publica Pepita, la sorprendente primera novela de Pablo Carbonell

Destino publica Pepita, la sorprendente primera novela de Pablo Carbonell

Una divertida historia que bebe de la tradición picaresca y apunta directamente a nuestras convenciones, vicios y virtudes.

¿Cuál es la pepita que más brilla en Riocochino? ¿La de oro o la muchacha del cabello azabache?

Mucho más que una simple novela de humor salvaje. El de Carbonell es un debut que dará que hablar.

Pepita no sólo es el hiperbólico y desmadrado debut a la novela del genial y polifacético cantante de Los Toreros Muertos, sino que es un hilarante y por momentos lisérgico viaje hacia interior de nuestras pasiones: la codicia, el amor, el fornicio, la picardía, el hambre, la estulticia, la nobleza, la necesidad y un largo etcétera. Todo vale si se trata de saciar un apetito, ya sea carnal o material, aunque no todo se puede comprar, el corazón de Pepita no tiene precio.

Con un ritmo acelerado y en breves capítulos, Carbonell construye una novela nada inocente parar leer a mandíbula batiente. Los diálogos ingeniosos y las escenas descacharrantes son el vehículo en el que viaja, a lomos de la carcajada, un humor tan ácido como inteligente. A medio camino entre el cáustico cine de Berlanga y la incisiva astucia de los Monthy Python, Pablo Carbonell le da alas a un taimado narrador que, con constantes intromisiones y guiños al lector, hace reír y pensar por partes iguales. El bregado humorista sabe muy bien que la risa siempre busca algo más que la propia autocomplacencia. Y por eso hace de la provocación su bandera, para desnudar todas nuestras miserias y, con suerte, alguna de nuestras virtudes. O al menos, las de Pepita, y que sirvan de ejemplo.

¡Pasajeros al tren!

En un bucólico y reseco pueblo llamado Riocochino, un puñado de almas se calienta al tibio sol de la escasez y la necesidad. Entre las cochambrosas ruinas de un supuesto castillo templario, los laberintos de una gruta llamada Cueva del Agua y las galerías abandonadas de la explotación minera, no parece haber mucho entusiasmo por frenar un abandono que parece ya una tradición.

Sin embargo, Pepita, de melena azabache que brilla con  luz propia, está siempre ocupada. Y muy solicitada. Ella oficia de guía turística y suporta el acoso del rijoso párroco del pueblo, que la quiere librar del pecado sometiéndola al servicio privado en su morada. Y cuando no es el cura es entonces el paleto y poco higiénico magnate porcino de la región quien la pretende. Atanasio, el señor de los cerdos, la corteja, y lo que es peor: cuenta con el beneplácito de Curro, el padre de Pepita. Un pobre diablo  dispuesto a escapar de la ruina y el hambre a cualquier precio. Incluso a costa del malvender a la niña de sus ojos en casamiento concertado.

Curro, secundado por su hijo Tarugo, regentea el bar fonda del pueblo, pero la caída de la afluencia turística condena de antemano el futuro de la empresa familiar. Y para colmo de males, Pepita no parece dispuesta aceptar los planes matrimoniales que le quieren imponer. Así las cosas, arriba un apuesto cowboy a la región, en cuyas ceñidas cartucheras no lleva balas, sino tubos de ensayo. Las especulaciones están abiertas. ¿Se trata de un activista medioambiental? ¿Es un científico dispuesto a rastrear en el río el origen de la vida en la Tierra? Quizá quien le robe el corazón a Pepita, si no se da el caso de que el enamoramiento sea mutuo, porque el vaquero americano, que habla español como un nativo de Lavapiés, también tiene su atractivo.

Y la aventura no ha hecho más que comenzar, porque entonces Curro y su brillante hijo tienen una genial idea: echar a rodar la bola de que hay oro en la región. Tanto oro  como el que puedan soñar todos los incautos atraídos por la estafa y dispuestos a dejarse los dineros en la fonda de Curro. Pero, ¿cuál es la pepita que más brilla en Riocochino? ¿La de oro o la muchacha del cabello azabache?

Hasta aquí se puede contar, a riesgo de spoiler. Y ante cualquier reclamación, diríjase usted al sinvergüenza que firma esta historia. Sin vergüenza, sin pudor y sin freno alguno, porque Carbonell lo deja todo sobre el papel como acostumbra a hacer sobre las tablas.

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