«A veces, Elba y papá hablaban sobre los zorzales, o sobre el canto del mirlo, que anuncia la primavera. Yo no, yo tenía miedo de las aves. Un poco por culpa de Hitchcock y de Daphne du Maurier, pero, sobre todo, porque me parecía muy incómodo tener un pico tan duro. «Pobres pájaros, que no pueden sonreír», dije una vez, y se me ocurrió suspirar con toda la pena. Cuando solté esa frase, que resultó ser un bálsamo familiar, mi padre se puso a reír, reímos todos y ya para siempre, cuando ocurría algo absurdo, o alguien lloraba, o mi hermana y yo nos enfadábamos, papá decía: «Venga, chicas, pensad en los pobres pájaros, que no pueden sonreír».
Como en todos sus libros, Lea Vélez juega a sorprender desde la íntima observación de la vida, con una prosa adictiva y una estructura de intriga emocional. Su escritura no se queda en la superficie de lo cotidiano, sino que penetra, a través de su mirada voraz, en el detalle de unas vidas tocadas por un suceso mediático.
En este libro hay un crimen, pero no es la mera historia de un crimen, hay un hombre que lleva veinte años en la cárcel y podría ser inocente, pero nada en él es inocente, hay una víctima que sobrevivió milagrosamente, que nadie puede calificar de víctima al conocerla. Hay un universo de personajes tan sorprendentes como la mejor realidad y tan creíbles como la buena literatura.
Alma Guerrero, tiene 34 años. Es periodista de investigación, una mujer inteligente, fuerte, complicada, que escribe libros basados en hechos reales. Ni ella misma sabe por qué ha vuelto a Paraíso -la urbanización donde pasó su infancia y parte de su adolescencia, hasta que un trágico accidente acabó con su felicidad familiar-. Alquila el chalet ruinoso que hace veinte años perteneció a su familia, muy cerca del lugar donde hace también veinte años sucedió un terrible crimen: una madre (Vera) y sus dos hijos (Mila y Pablo) fueron atacados por un drogadicto que trató de robarles, un hombre violento que lleva veinte años entre rejas, apodado “El Francés”. La madre y el hijo murieron, aunque Mila, la niña, se salvó milagrosamente. Ahora, Alma se adentrará en un camino de vuelta al pasado, descubriendo que nada es lo que parece.
La búsqueda de la verdad pondrá a la periodista en contacto con Javier, un profesor de biología del que estuvo enamorada. Él le enseñará el lenguaje de las aves, la pasión por la naturaleza, la esencia de la vida en libertad. Nosotros, los lectores, descubriremos a través de sus cuadernos de campo que para rescatar la verdad hay que adentrarse en la profundidad del bosque. También para descubrirnos a nosotros mismos.
«Cuadernos de campo. Octubre. 2016
Un día de paseo con Tea, la setter. Caminamos hasta el teso de las ruinas del castillo. Estamos en la primavera del otoño, sol y frescor. Mientras volvemos de la caminata, veo dos figuras bordeando los álamos, en la vera del Aura. Algo me atrae, su forma de caminar, su forma de mover las manos al hablar. Los cuerpos son lenguajes… Me acerco y de repente ahí está. La niña de mis sueños terribles, pasados, pero no olvidados, entra en el bosque, para llegar al camino de la raya, dando patadas infantiles a la hojarasca. El ratonero, en lo alto, vuela como si quisiera formar parte de la comitiva. Nos encontramos frente a frente después de veinte años y, aún sumido en la sorpresa, le hago pensar que no la recuerdo. Su amiga Sonsoles, a la que conozco del pueblo, me la presenta y, sin poder evitarlo, decido fingir. ¿Qué otra cosa puedo hacer? En realidad, no sé si finjo no saber quién es, pues creo que a esta nueva Alma no la conozco de nada.»
A lo largo de la lectura se sucederán las preguntas, nos envolverá la fascinación por las historias dentro de las historias, uno de los elementos narrativos a los que Lea Vélez ya nos tiene acostumbrados. ¿Cuál es la diferencia entre literatura y realidad? ¿Qué penetra mejor en el subconsciente humano para convencer a la sociedad de lo que importa, la mentira o la verdad con datos objetivos? ¿Ficciona el periodismo? ¿Por qué construimos mitos? ¿Por qué nos enganchan los crímenes? ¿Puede ser feliz el desgraciado? ¿Qué ocurre cuando alguien sufre una tragedia inesperada que se convierte en voracidad mediática? ¿Qué piensa? ¿Qué siente? ¿Es la mentira un arte o una lacra? ¿Y dónde está la mentira, en la boca del hombre o en el oído de quien escucha con prejuicios una verdad? ¿Necesitamos de la literatura para que las verdades más rocambolescas sean creídas y asimiladas por quienes nos rodean? ¿Somos culpables o inocentes, jueces o parte? ¿Es culpable el hombre que lleva veinte años en la cárcel por este crimen?
Me encanta Lea Vélez. Me gustó muchísimo «Nuestra casa en el árbol» y me encanta su prosa y su socarrón sentido del humor, y ese andar entre la ficción y la vida. Tengo muchas ganas de volverla a leer. Besos.