Editorial Taurus, enero 2020

Dresde 1945. Fuego y oscuridad de Sinclair McKay, el relato de uno de los bombardeos más famosos de la historia, contado a partir de las voces de quienes los sufrieron, en su 75 aniversario. Un documento histórico de incalculable valor, un homenaje a cada una de las víctimas de aquella masacre y una reflexion sobre el dilema ético que aquel bombardeo conllevó.

No hay un solo europeo que no relacione el nombre de Dresde con la palabra destrucción, pero hasta ahora no contábamos con un libro que narrara aquellos acontecimientos con la precisión y el detalle con los que Sinclair McKay ha escrito Dresde 1945. Fuego y oscuridad, un ensayo que, al margen de ser un documento histórico de incalculable valor, es un homenaje a cada una de las víctimas de aquella masacre.

Tras una devastación tal, hay muchas formas de reconstruir una ciudad, y no todas son arquitectónicas. Sinclair McKay lo hace de un modo extraordinariamente profundo. A lo largo de las cuatrocientas páginas que componen Dresde, el autor revive hasta el último detalle de aquellos días de febrero y, como ya hizo John Hersey en su clásico Hiroshima, resucita a sus auténticos protagonistas. Por estas páginas vuelven a caminar algunos prohombres de la época, como Victor Klemperer, Otto Dix o Kurt Vonnegut, así como otros personajes anónimos que dejaron testimonio del horror que vivieron durante aquel raid.

Pero, además de devolver durante unas horas el esplendor a una ciudad famosa por su arquitectura y sus artistas, Sinclair McKay aprovecha su ensayo para reflexionar sobre el dilema ético que aquel bombardeo conllevó. Porque no debemos olvidar que los dresdenienses fueron los alemanes que acogieron con más alegría la ideología fascista y algunos de sus políticos aplicaron las leyes antisemitas de un modo implacable. Aquella ciudad representó como pocas la maldad de Hitler y, en consecuencia, su destrucción podría ser vista como una especie de justicia poética que, no obstante, produjo la muerte de miles de inocentes.

Algo similar ocurre con los pilotos aliados –en su mayoría británicos, estadounidenses, canadienses y australianos– que participaron en el bombardeo, y en especial con el mariscal del aire británico Arthur Harris, a quien apodaban «el Carnicero». Todas estas personas contribuyeron a la caída del III Reich, pero lo hicieron causando un dolor pocas veces imaginado por el ser humano. Sinclair McKay es consciente de esta contradicción y, por eso, evita juzgar a los protagonistas de aquellos hechos. Simplemente explica lo que ocurrió durante las tres oleadas de bombardeos que sufrió la ciudad y deja que seamos nosotros quienes saquemos nuestras propias conclusiones.

Sin embargo, Sinclair McKay no tiene tapujos a la hora de advertir a los lectores sobre la necesidad de recordar aquellos hechos y, sobre todo, de impedir que se adultere el pasado hasta convertirlo en una mentira que beneficie a intereses partidistas.

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